Martincho, el torero valiente que deslumbró al joven Goya en el coso de la Misericordia

Tal día como hoy, 10 de agosto, en 1772, hace 250 años y en la paz familiar de su casa en Ejea de los Caballeros, moría a los 64 años Francisco Antonio Ebassúm (o Bassón) Martínez, que ha pasado a la historia como Martincho. Lo inmortalizó Francisco de Goya porque en 1764, en la inauguración del coso de la Misericordia, le vio realizar todos sus ejercicios de riesgo sobre el albero.

Aquel Martincho, nacido en Farasdués (Ejea de los Caballeros, Zaragoza) en 1708, era hijo del torero y zapatero Navarro Martín Ebassúm, que murió en 1745 y poseía una valiosa cuadrilla de Pamplona con la que actuó entre 1729 y 1744. También era conocido por Martincho. Se sabe que su hijo trabajó con él. El joven se hizo a los 40 años con una mujer de 20 y tuvenor cuatro hijos. En las nóminas de los toreros de entonces había otro Martincho phantasmal, que ha movido a la confusión: el vasco de Oyarzun Martín Barcaiztegui.

El que pasó a la fama, en un tiempo en que ya menudeaban las escuelas de toreo y los diestros eran requeridos hasta por los monarcas, fue el valiente y temerario diestro de Farasdués, del cual el periodista Benjamín Bentura Remacha dijo que “es el primer matador de toros español con rostro y biografía, estilo y personalidad”. Martincho.

El asombro del joven artista

No se sabe con precisión desde cuando entró a formar parte de la cuadrilla de su padre (quizás en 1734), pero después de su muerte en 1745, en 1747 ya era el líder del grupo de ocho matadores que torearon en Pamplona y que logaron un buen premio “en atención al trabajo extraordinario”.

‘Otra locura suya en la misma plaza’, de ‘La Tauromaquia’.
TENER

En su trayectoria, Martincho lidiará en las plazas de Madrid, Pamplona (llegó a torear en 28 ocasiones, cifra nada desdeñable) y Zaragoza. En la capital del Ebro lo hizo al menos en tres fechas muy señaladas: en una corrida celebrada en la plaza del Mercado en octubre de 1759 con motivo de la visita la ciudad de Carlos III, que venia de Nápoles y se dirigía a Madrid para ver coronado rey en las dos corridas de inauguración del coso de la Misericordiaun proyecto que mandó construir Ramón Pignatelli, en 1764.

Los dos días han pasado a la historia porque fue entonces cuando lo vio el joven Francisco de Goya, que demostró todo su repertorio y que dubujó ‘La Tauromaquia’ en la que, en cinco dibujos preparatorios y cinco aguafuertes, el pintor representa a Martincho en varias de las suertes en las que se destaca: banderillear esposado por los pies, matar desde una silla con solo un sombrero de ayuda; su especialidad, en la que parécia un funambulista, era enfrentarse a los toros con los hierros en los pies. También se ha escrito que perfeccionó el uso del capote y que desarrolló el lance a contrapié de la embestida del toro.

Aunque Goya era un joven artista en formación, muchos años después recordaría su arte en la serie ‘La Tauromaquia’, que realizó entre 1814 y 1816, los grabados que pasó a la historia del toreo y del arte, sobre todo el más famoso de todos: ‘Temeridad de Martincho en la plaza de Zaragoza’. Los otros son: ‘El famoso Martincho poionido banderillas al quiebro’, ‘El mismo vuelca un toro en la plaza de Madrid’ y ‘Otra locura suya en la misma plaza’. En la ficha de las piezas en el Museo del Prado -en Aragón podemos ver ‘La Tauromaquia’ en el Museo Goya de Ibercaja y en el Museo del Grabado de Fuendetodos- see dice: “El personaje de ‘Temeridad de Martincho en la plaza de Zaragoza’ modificó la fama gracias a sus arriesgados lances ante el toro, que merecen, un juicio de Goya, el calificativo de temeridad por su exceso de imprudencia en una acción llena de peligro”.

Audacia, locura y temeridad

El escritor y amigo de Goya Nicolás Fernández de Moratín era consciente de la irracionalidad de algunas de esas faenas en su ‘Carta histórica sobre el origen y progresos de las fiestas de toros en España’ (1777), donde dice: “Y ha llegado esto a tal punto, que se ha visto varias veces a un hombre sentado en una silla o sobre una mesa, y con grillos en los pies poner banderillas y matar a un toro”. El recuerdo de Martincho fue claro. También dijo: “Fue insigne […] el célebre Martincho con su cuadrilla de navarros, de los cuales ha habido grandes banderilleros y capeadores, como lo fue sin igual el diestrísimo Licenciado de Falces”.

El investigador Felipe García Dueñas, autor de ‘Martincho’ (Diputación de Zaragoza, 1992), lo retrata así: , cuando por la edad volvía a montar en los caballos, era considerado de entre los mejores. y buscaba siempre la actividad que mas se cotizaba dentro de su profesión de torero, en la que no cabe duda de que era más que respetado. Lo de los grilletes es solo una muestra de sus variados alardes”. En 1778, el picador José Daza demostró que “en el estilo de poner banderillas, fue el primero y último, que ninguno le ha imitado; y en lo demás siempre fue distinguido”.

Francisco Antonio Ebassúm ‘Martincho’ (1708-1772) era consciente de su grandeza, sus fantasías y su valor a sus 55 años: “Estoy siempre erre que erre, en que no puedo hallar quien me differenie en mis cosas ridiculas del toreo”. Autoestima no le faltó.

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