Una fiscalía en el manillar

No hay casi carretera, caleya, paso o pico en Asturias que el Teniente Fiscal del Principado, Joaquín de la Riva, no haya atravesado. Las más de las veces en bici. De carrera y de montaña. “Son casi cincuenta años, sin parar”. Suma ese pedalear 340.000 kilómetros, como dar la vuelta al mundo ocho veces y media. Y algo más, porque ese es solo el balance registrado desde 1974, cuando su amigo Javier le trajo de Francia un rudimentario cuentakilómetros y empezoso apuntar en la agenda del banco cada salida: hora, compañía, anécdotas. Hoy lleva el registro informatizado con el mismo rigor que aplica incluso en esta entrevista, minucioso hasta el extremo de haber preparado un post-it “no molestes” para poner en la puerta y tener tranquilidad en medio del ajetreo. de la última hora de la mañana del viernes en la sexta planta del Palacio de Justicia, en Llamaquique.

Si el scrúpulo en las tareas sale de los genes de Joaquín de la Riva Domínguez, el abuelo que vino de Valladolid, presidió la Audiencia y le acompaña en el despacho desde una pequeña reproducción del retrato que le pintó Pedro Jiménez, lo de la bicicleta tuvo nacer en León, cuando con diez años le mandaron interno con los jesuitas. No se debe a mucho que su padre le hubiera avanzado durante el verano con los abuelos maternos en Priede (Piloña), que aquel curso se iba fuera, teniría amigos y mucho deporte. Cuando llegó el día de spedirse en la estación del Norte y quedarse en manos del religioso de la Compañía de Jesús que venía recogiendo críos desde Gijón hubo lagrimas. Joaquín es hoy severo con aquel niño que salió de Oviedo y mucho más benévolo con el médico que consejó a sus padres un cambio de aires. “Supongo que yo estaba bastante consentido, y aquel hombre acertó en el diagnóstico. Yo comía mal, y allí o comías o no había otra cosa. El interno en León me vino muy bien, me enseñó a afrontar las dificultades por mí mismo”. También le presentó su primera bicicleta, una Zeus con la que se acercaba al centro de León, donde ocasionalmente, durante aquellos años, pudo ver algún concierto en el San Marcos de su tia, la pianista Purita de la Riva.

Pedalear le acercó a un medio rural que le acompañó familiar y profesionalmente. Muchos más tarde, casi una premonición, en 1979, su primer destino después de aparecer las oposiciónes de Fiscal del Distrito fueron Pozoblanco y Peñarroya, en Córdoba, y su primer juicio un caso de pastoreo abusivo que tenía que ver con unos cerdos que un vecino había echado a pastar a la finca de otro. El regreso a Asturias, a los juzgados de la zona oriental, le dejó quedarse a ratos en la casa de Priede, donde tenía el mimo de su abuela Covadonga –”me adoraba”– y una bicicleta para coger y acercarse a Llanes, Ribadesella, Infiesto o Cangas de Onís, si no para celebrar, sí para mirar los juicios. En su siguiente destino, en las Cuencas, y después de que integraran a los fiscales de distrito en la carrera fiscal seguido en ruta o de monte, ahí acompañada de su mujer, la secretaria judicial Consuelo Carbajo. Tanta ruta había hecho, que cuando el Fiscal Jefe Rafael Valero quiso poner en marchar la Fiscalía de Medio Ambiente, todos dijeron “eso Joaquín de la Riva, que anda todo el día por el monte”.

Era el año 1992, permanecieron en ese puesto 22 años, llegó a tener dedicación exclusiva y dos láminas con el oso pardo le ayudan a recordar que empezosa cuando solo quedan 60 en la región y hoy la población anda entre los 200 y los 300. otro orgullo fue la lucha contra los incendios, que durante su etapa pasó de solventarse con un simulacro de atestado a introducir la prueba indicioria para localar al que se pudo haber aprovechado de aquello –cui prodest?– y en colaboración con el Seprona logar condenas . “Era totalmente vocacional, porque mi verdadera afición es conocer Asturias. Por eso ante un nuevo caso volvía a coger la bicicleta, tenía que ir a ver los lugares aquellos. Incendios, que se me escapara el que lo había hecho, me afectaba”.

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